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26 de septiembre de 2014

El huerto de las palabras


Cojo ilusionada
mi vieja y desgastada cesta de mimbre
(la que hemos heredado de todos nuestros antepasados)
y me dirijo, sin prisas,
al antiguo Huerto de las PALABRAS.
Veo como fluye con frescor
el estrecho riachuelo de las IDEAS.
También, dicen las malas lenguas, que por el huerto
Andan escondidos todos los secretos seres inspiradores:
los que hacen nacer los haikus,
los que soplan los sonetos,
la prosa poética y todo tipo de rimas,
simbolismos y misteriosas parábolas.
Por aquí y por allí voy pisando letras sueltas
que se extienden a través la suave hierba verde,
cómo pétalos multicolores: las de color lila,
las amarillas, rosas, violáceas, ocres, rojas...
Ya las conozco por su olor.
Hay letras que huelen a dolor,
otras a tristeza o a alegría.
Las necesito todas, sin excepción.
Un puñadito de cada una.
Ahora me dirijo con mi canasta
rumbo al cantero de las LETRAS.
Me pongo a cogerlas:
dulces, jugosas y maduras,
colgando de delgadas ramas.
Me encuentro con tiernas y frescas FRASES
recién nacidas.
Estoy feliz, pero no por mucho tiempo:
me tropiezo con PENSAMIENTOS
agonizantes que sangran sentimientos translúcidos.
Lloro y mis lágrimas transparentes se unen
y confunden con ellos.
Corro al otro lado.
Eso es demasiado para mí.
Entonces, sin querer, me tropiezo con ellas:
allí están, revoloteando, las EMOCIONES a flor de piel.
Me quedo, irremediablemente, atrapada en este viejo
huerto, que es bosque húmedo,
que es jardín perfumado,
que es ligera nube flotante,
que es tren de largo recorrido.
Allí están todas ellas en su paraíso personal:
letras, palabras, frases, odas, sonetos,
rimas, versos, poemas, estrofas...
pero se encuentran perdidas
y desesperadamente mezcladas
sin la sabia elección del poeta y del escritor.
Sin la ayuda de aquel que las elige,
las mira, las huele, las toca, se enamora de ellas;
las prepara y, al final,
las transforma en un delicioso y aromático manjar
que consuela al sufridor,
renueva las esperanzas al desesperanzado;
hace reflexionar, reír o llorar;
en fin: se vuelve alimento al alma,
al espíritu, a la mente...

© Encarna Romero

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