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25 de septiembre de 2014

La vieja esclava africana


La veía siempre sentada allí... en el mismo lugar,
fumando su vieja pipa, de la que subía
un sinuoso y oloroso humo...
Dos gruesos trozos de madera le hacían de escalón.
Vivía en la pequeña casita de madera
con una sola estancia y suelo de tierra batida.
Los marcos de la pequeña puerta y de la única
ventanita, pintados de un azul claro, ya
resecado con el tiempo... así como ella.
La gente del barrio decía que ella era hija
de la "Ley del Vientre Libre", que era
hija de esclavos, nacida libre...
que tenía más de cien años;
que, posiblemente, era una de las
últimas figuras de la época de la esclavitud.
Yo tenía siete años y la reverenciaba,
en mi interior, como a uno de los
grandes personajes heroicos de
mi propia epopeya personal.
Yo hacía cuentas: si esa ley era de 1871,
como decían en la escuela y, nosotros
estábamos en 1964, entonces ella
no podía tener menos que
noventa y tres... sí,... ¡era mi heroína!
Nunca hablaba... solían decir que ni
siquiera había aprendido el portugués,
pero que hablaba una lengua del Congo.
Yo pasaba, cogida de la mano de mi madre
y la miraba a los ojos, disfrutando del
misterioso olor que salía, en suave humo...
Ella me miraba: piel arrugada, callada,
ojos tristes y distantes, trazos endurecidos.
Yo quería entrar en su mundo: oír como
sonaba su voz, su acento, escuchar sus
antiguas historias de haciendas y esclavos.
Pisar su suelo de tierra tan bien barridito,
tocar su sencillo vestido de algodón, blanquísimo.
Decirle que ella me importaba y que yo
era una niña que también había llegado,
hacía apenas tres años, de un lugar también
muy distante; que tampoco entendía muy bien
el portugués y que, de la misma manera
que ella no tenía nietos, yo no tenía
cerca a mis abuelos, y me hubiera
encantado ser su nieta. Entonces sentía
que mi madre me tiraba de la mano y
me susurraba al oído: "No le gusta que la miren";
y era verdad, estaba harta de las curiosas miradas.
Para mí, era una figura importante, una musa
fascinante, misteriosa... como una especie de reliquia,
de memoria de un distante pasado...
Hoy me he acordado de usted: venerable
señora de los años, de la historia de un pueblo
arrancado desde sus orígenes y sus raíces.

© Encarna Romero

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