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7 de octubre de 2014

Llorando entre las tomateras

 
(En memoria de mi abuelo: Miguel Romero Luque)

Allí estaba él, encorbado,
trabajando entre
sus olorosas tomateras.
Había llegado, finalmente,
la hora de la despedida.
Allí estábamos: yo,
a los tres años y medio;
mi hermana pequeña
y mis jóvenes padres.
Ya estábamos listos
para el gran viaje,
casi siempre sin retorno,
de los soñadores inmigrantes
de los años sesenta.
En mi tierna edad
yo sólo entendía un lenguaje:
el de los profundos,
tristes y mojados ojos
de mi pobre abuelo.
Allí estaba él,
con su gruesa boina gris
y su gastada ropa
de campesino.
Él lloraba, en medio
a sus tomateras,
por sus nietas que,
él sabía, jamás volvería a ver.
Aquella imagen se ha quedado,
por siempre, grabada en mi mente.
El olor de una tomatera siempre
me hace volver a ese momento
tan trágico, de pérdida,
de irremediable separación.
Es el olor de unos lazos,
tan precoz y brutalmente,
cortados, separados,
como tomates verdes,
arrancados;
robados al derecho
de la madurez y de
la dulzura.

© Encarna Romero

2 comentarios:

  1. Gracias, María. Es uno de mis primeros recuerdos de infancia (a los tres años y medio). Un abrazo...

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